Cuando el Don lloró por ella
Me mantuve erguida, ignorando el dolor de mis propias uñas clavándose con fuerza en las palmas de mis manos.
Fue entonces cuando la esposa de uno de los Dónes, una mujer conocida por su naturaleza chismosa, se me acercó con sigilo. Sus labios, pintados de un rojo intenso, se curvaron en una sonrisa malvada.
—Solo estoy diciendo la verdad —soltó la mujer, mirándome de arriba abajo—. Fuiste tú, ¿no, querida? La que manipuló todo. Estabas desesperada por quedarte con Dante.