La Esposa Que No Amo: Una madre para mi hijo
Hice lo que pude.
—¿Lo que pudiste? ¡Claro!—grito, dando un paso hacia él, mis lágrimas amenazando con volver—. ¡No me dijiste nada! ¡Me dejaste caer en esa trampa, en esa maldita oficina, con ellos riéndose en mi cara! ¿Cómo demonios crees que accedería a estar casada por más tiempo con él? —Gabriele retrocede, su rostro endureciéndose, pero no responde. Mi furia crece, y alzo la barbilla, mi voz firme, decidida—. Buscaré un abogado —declaro, cada palabra un juramento—. Pondré la demanda de divorcio. No me interesan los tratos que papá haga con Damiano, siempre que no me involucren. ¿Entiendes? ¡No soy su peón!
Él me mira, sus ojos grises entrecerrándose, una mezcla de preocupación y duda.