Diez años de amor ciego, mejor un despertar
Un dedo se posó, suave, sobre sus labios.
El gesto fue delicado, pero cuando Luisa alzó la vista, casi se perdió en esa sombra que, a veces, se encendía en los ojos de él. El aroma de Alejandro la envolvió; por primera vez, detrás de la nota floral, percibió un rastro frío de incienso. Como si, al desprenderse de la coraza amable, asomara por un segundo algo más hondo que le aceleraba el corazón.
Solo duró un instante. La oscuridad de su mirada se deshizo; se llevó dos dedos a la sien, respiró hondo.