Caminito de mi Escuela
Furioso, me agarró del brazo y me arrojó al sillón; no me dio tiempo de levantarme antes de abalanzarse sobre mí, levantarme la falda y desgarrarme las medias.
—¡No, por favor!
Intenté girarme para zafarme.
Pero Arian no me dio ninguna oportunidad de escapar. Me sometió y me puso a cuatro patas contra el sillón, como a una perra; mientras me obligaba a levantar las nalgas carnosas, la toalla que llevaba amarrada a la cintura se le soltó y su miembro, contenido al límite, quedó libre por fin y se clavó entre mis muslos…