La Esposa Talla Grande que el CEO Inválido no Quería Amar
Ni en un millón de años.
Él me besó, un beso cargado de la posesión y el deseo que nos consumía, pero mientras cerraba los ojos, solo podía ver la cara de Stefano. El pasado acababa de entrar en Val-de-Lune por la puerta trasera, y sabía que, tarde o temprano, la verdad estallaría, amenazando con destruir el frágil puente que Noah estaba construyendo hacia su propia libertad.
—A desayunar, mi niña, que se enfría —interrumpió Rosa entrando con más arepas, rompiendo el hechizo.