La Última Carta
—El vidrio estalló con fuerza, y la sangre le empezó a correr por la frente, tiñéndole la camisa blanca de rojo oscuro.
Se desplomó en el sofá, abrazando el retrato de Julieta como si fuera su única razón para respirar. Entonces, su celular sonó.
—Lo siento, señor—dijo su asistente al otro lado de la línea—. Recibimos cientos de llamadas por la recompensa, pero ninguna dio con el amuleto que usted busca.
—Entendido... —murmuró él, cerrando los ojos con profundo dolor.