De Su Amor a Su Venganza
Aunque te divorcies, hay un millón de hombres allá afuera.
—¡Oye! Ni Leonardo me hizo caso. ¡Y ahora tú tampoco! —Zoraida le pellizcó la mejilla, haciendo un puchero divertido—. Ya te dije: una mujer no necesita un hombre al lado. Cuando me divorcie, no pienso buscar a nadie.
Con ese tono desafiante y libre, levantó la barbilla, convencida. Desde ese momento, Zoraida decidió: sin hombres, sin dramas. Sería su propia reina del desierto.