ANTES DE SER LA REINA
Sofía, por el contrario, apretó su copa de champán hasta que sus nudillos se tornaron blancos; la presencia de su hija, tan majestuosa y letal, era una amenaza que no podía ignorar.
Alessandra, situada cerca de la orilla de la pista junto a Charly, contuvo el aliento. Alessandra lucía radiante en un vestido de seda roja vibrante, cuyo torso era un intrincado corsé de cristales y perlas blancas. En su espalda, hilos de perlas caían como una cascada, dándole un aire de princesa rebelde pero impecable.
—Mira eso, Charly —susurró Alessa con una sonrisa genuina, apretando el brazo del guardaespaldas—. Ya no es nuestra pequeña Isa. Es una jodida Reina.