EL JEFE QUE ODIÉ AMAR
Arthur suspiró, con el alma hecha pedazos.
—Ya no soy el mismo, papá. Esa es mi condena. Y aunque duela, quizá sea lo justo. Lo justo habría sido no sobrevivir a ese accidente.
—No digas eso, hijo mío. Todos tenemos derecho a arrepentirnos, a redimirnos, a intentar ser mejores —dijo Eloísa, con la voz quebrada por la tristeza.
—Lo que hice, mamá… no tiene perdón.