Desaparecida en el fuego
La estrechó con tanta fuerza que parecía querer fundirla en sus huesos.
Pero al sentir aquel olor que tanto conocía, a Julieta le subió una náusea instintiva. Sin dudarlo, levantó la rodilla y lo pateó con todo entre las piernas.
El sudor le brotó a Bruno en la frente por el dolor, pero aun así sonrió. Esa punzada real le confirmaba que la mujer frente a él no era un fantasma.
—Se equivoca de persona —escupió Julieta, con frialdad, antes de girar para marcharse.