La Última Carta
Gabriel se giró para salir, pero, antes de dar el paso, se detuvo y miró a Julieta con fastidio.
—¿Y tú? ¿Quieres algo?
Julieta acababa de guardar la última blusa, una simple acción que la dejó empapada en sudor.
Detectó el cambio en el tono de Gabriel: de agresivo a incómodamente condescendiente, y, en voz baja, respondió:
—No, gracias.
Gabriel frunció el ceño.
—¡Pues muérete de hambre si quieres! ¡Con esa cara amarilla pareces un muerto!